Había un grupo de dinosaurios acompañando mi té. Té que no me lo estaba tomando necesariamente porque quería. Té que era acompañado de pastillas y agua. Mientras me encontraba escribiendo, mi mirada también se desviaba hacia una barra de chocolate casera de esas que saben más a cacao o a chocolate oscuro, me la quería comer toda o tal vez compartirla con mis dinosaurios, pero había algo que me detenía y no era el chocolate, eran los dinosaurios. Uno de ellos había sido robado por una bestia gigante peluda llamada Vincent, mi gato. Y mientras veía a Vincent llevarse al dinosaurio me puse a escribir a su historia porque algo me decía que su historia merecía ser contada, no sé si para mí o para él.
Lin era un dinosaurio de juguete de color naranja brillante, con una sonrisa ladeada y unos ojos grandes y redondos. Era uno de los muchos juguetes que pertenecían a Alfonso, al que le encantaba tenerlos en su escritorio como decoración… Lin disfrutaba formando parte de este grupo de juguetes, pero sentía que la vida le pedía algo más.
Cuando Vincent se coló en la habitación era para subirse en el escritorio y ver la ventana para disfrutar el mundo que estaba ahí afuera, pero mientras el gato disfrutaba la vista, este empezó a oler a los juguetes. Lin intentó esconderse, pero el gato fue demasiado rápido y pronto se abalanzó sobre él. Con un movimiento de su pata, el gato lanzó a Lin volando por la habitación y salió por la puerta hacia la sala.
Lin dio tumbos por el aire, sintiéndose indefenso y asustado. Pero entonces ocurrió algo extraño. En cuanto cayó al agua, del vaso del gato, el pequeño dinosaurio volvió a la vida. Seguía siendo diminuto, del tamaño de un juguete, pero podía moverse por sí mismo y sentir el agua a su alrededor.
Al principio, Lin no sabía qué hacer. Se balanceaba arriba y abajo en el agua, sintiendo cómo las olas lo zarandeaban. Pero entonces vio algo a lo lejos: una línea de espuma blanca que se dirigía hacia él. Sin ni siquiera pensarlo, Lin remó con sus pequeños brazos y piernas, cogiendo la ola y sintiendo cómo el viento pasaba a su lado.
Nunca se había sentido tan vivo. Lin cabalgó la ola hasta la orilla, sintiendo la corriente del agua y el viento en la cara. Sabía que tenía que surfear más.
Así que Lin empezó a explorar el agua del gato. Aprendió a detectar las mejores olas y a remar con el ritmo adecuado. Incluso empezó a hacerse amigo de otras criaturas y objetos que Vincent había llevado ahí: corcholatas, pelotas y calcetines. Era un mar de objetos perdidos.
Pero la diversión de Lin en el agua se vio interrumpida cuando vio a un ser humano caminando por la playa. Era Alfonso que se dio cuenta que había desaparecido . El humano vio a Lin flotando en el agua y se acercó rápidamente para cogerlo.
Lin se sintió aliviado por volver a estar a salvo, pero también triste por tener que abandonar el agua. Mientras el humano lo llevaba de vuelta a la habitación, Lin sabía que siempre recordaría la sensación de surfear las olas. Se alegró de reencontrarse con sus amigos de juguete, pero también sabía que ahora tenía el espíritu de un dinosaurio de verdad.
Desde aquel día, Lin siempre sentiría la llamada del agua, la necesidad de explorar y de surfear. Y nunca olvidaría la emoción de coger la primera ola y sentirse realmente vivo.
Y tal vez por eso escribo estas historias, para vivir a través de otros, hasta de dinosaurios de juguete. Esa noche, le di una mordida al chocolate y lo guardé. El dolor de cabeza me hizo rendirme y me llevó a la cama, pero sabía que esa noche habría magia en mis sueños y que Lin estaría surcando en ellos.


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