La última función

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El sudor era palpable. Las camisetas tenían manchas de humedad y la piel de las personas que cruzaban su mirada brillaban.

El joven iba esa noche, decidió que a pesar de estar en una ciudad que no conocía, iba a encontrar alguna razón por la cual estar ahí.

Su vida, hasta ese momento, había sido una continuación de eventos sin orden alguno. Sus decisiones no habían sido suyas, eran más cuestiones del destino según él, aunque no creyese mucho en el destino.

Faltaban 45 minutos para el gran evento. 

No le gustaba llegar tarde a los lugares y ponía al menos 3 alarmas para asegurarse de llegar con al menos 5 minutos de sobra. Le gustaba presentarse, contar una pequeña historia sobre la ciudad en la que se encontraba y luego comenzar con su rutina.

Contar chistes nunca había sido lo suyo hasta que se dio cuenta de que su vida, eso había sido, por ejemplo, todo lo que había pasado desde su llegada a esa ciudad. Su agente, Roberto Deattle, un joven cubano estadunidense más conocido como Bob, le había dicho que tenía que estar en Cleveland, aunque él quisiese o no, él tenía que presentarse al menos una vez en este café porque Rita una amiga de infancia suya le había prometido a Bob que al menos una persona iba a llegar a ver si este joven tenía lo suficiente para llevarlo al siguiente nivel.

El siguiente nivel. ¿Cuál era ese siguiente nivel? Pues para muchos era comenzar a tener shows con su nombre, tal vez un especial en Netflix o un tour mundial que consistiera en 10 ciudades en Estados Unidos y 2 en Latinoamérica. Para Jacobo, el siguiente nivel no le interesaba, él sabía que no quería ser el foco de las miradas, esto solo lo hacía porque tenía que hacerlo.

Ser comediante era algo circunstancial.

Faltaban 35 minutos para el gran evento.

Cuando tomó el avión, no era su primera vez volando, pero sí era su primera vez en un vuelvo interno. Su primera vez en un avión cuyo techo rozaba el pelo de su cabeza. Donde la duración del vuelo, sería tan corta que se preguntaría que porque no viajó en tren o en bus para tener más tiempo para no hacer nada y poder hacer más con su mente y su inspiración. 

Comenzó a caminar por el pasillo del estrecho avión y llegó a su asiento, 12 C.

Asiento de emergencia. Cuando parecía que iba a volar sin nadie a su lado, dieron el último aviso y apareció ella. 

Una mujer, con un bolso que era tan grande que la hacía perder su balance. Su máscara era un desastre, su nariz roja de tanto sonarse, y unos lentes negros tan grandes que cubrían su cara. La señora se sentó junto al joven, secando su cara, tragando sus mocos y poniendo sus cosas bajo el asiento de enfrente. 

Con los lentes negros aún puestos, sacó de su bolso un libro: “Never Bean Better” un libro de cocina que cuenta la historia de diferentes cocineros latinos en Nueva York y sus tribulaciones para hacer funcionar sus restaurantes.

En silencio, los dos comenzaron a viajar, pero el joven intrépido como siempre, decidió romper el hielo y preguntarle a la señora que si todo estaba bien.

Al principio ella solo asentó con la cabeza y silencio prosiguió. Sin embargo, unos 10 minutos después cuando el joven ya estaba preparándose para un ver una película en la pantalla frente a él, la señora le tocó el hombro y le abrió su corazón contándole cómo su sueño era abrir un restaurante, pero que este libro le había destrozado el corazón y quitado las ganas de continuar con su sueño.

El joven comediante le dijo que su sueño era ser comediante, pero que todo el mundo sería de él y no con él. 

Al aterrizar los dos quedaron en que lo que no tenían que hacer era compartir sus sueños con personas que no soñaban. La señora le prometió ir un día a un show. 

Faltaban 30 minutos para el gran evento.

Faltaban 30 minutos para el gran evento y el joven todavía no estaba listo, sin embargo, ya había entrado al antiguo cine donde haría su gran presentación, el Jewel Theatre.

El Jewel Theatre, como lo conocían ahora, era una reliquia viviente de tiempos más glamorosos, cuando las pantallas gigantes y las butacas de terciopelo rojo eran el refugio perfecto para el cine. Sin embargo, la crisis de los años 80 lo había obligado a reinventarse. Lo que alguna vez fue un cine esplendoroso se convirtió en un teatro que resguardaba las memorias de ambas eras. En sus pasillos, los afiches de películas como Casablanca y The Godfather compartían espacio con carteles de obras de teatro locales como Esperando a Godot y Muerte de un Viajante. Los antiguos proyectores, en su día herramientas esenciales para dar vida a las imágenes en movimiento, se habían convertido en meros objetos decorativos, aunque de vez en cuando se utilizaban para proyectar fondos atmosféricos durante obras específicas.

El teatro, con su atmósfera de decadencia encantadora, le recordaba al joven comediante que la vida misma era un escenario improvisado, siempre en construcción, como las viejas vigas expuestas del lugar, que ya no sostenían el techo, pero sí las ilusiones de quienes todavía soñaban con llenar esos asientos.

Ahora, a quince minutos de su gran debut, Jacobo repasaba su rutina, recordando el tema central de esa noche: cómo los humanos y las plantas eran sorprendentemente similares. 

—“¿Saben? Siempre me ha fascinado la idea de que los humanos somos como las plantas. Piénsenlo: ambos necesitamos luz para funcionar. Sin sol, las plantas se marchitan y nosotros… bueno, sin café, no somos ni sombra de lo que deberíamos ser. Y no es solo el café. ¿Alguna vez han notado cómo los humanos, al igual que las plantas, florecen en la primavera? Salimos del invierno como si fuéramos crisantemos deprimidos que finalmente ven el sol y, de repente, estamos sonriendo, comprando ropa nueva, tomando margaritas en terrazas. ¡Es ridículo! Nos creemos tan superiores, pero la realidad es que si nos dejasen en una habitación sin agua por tres días, nos ponemos igual de marchitos que una orquídea olvidada en una ventana cerrada. Pero aquí está la diferencia, nosotros, a diferencia de las plantas, tenemos sentimientos complejos. A una planta no le importa si la otra planta está ocupando más espacio o si su maceta es más bonita… pero nosotros sí. ’¡Mira esa suculenta! ¡Tiene más hojas que yo!’ Y no me hagan empezar con el tema de la competencia. Somos como plantas de interior que se preocupan por el Feng Shui, buscando siempre la esquina perfecta donde no haya sombra, pero que al final… solo nos quedamos ahí, mirando por la ventana.”

Jacobo soltó una risita nerviosa mientras seguía repasando la rutina. Sabía que lo que tenía preparado no era innovador, pero confiaba en que al menos haría reír a la audiencia. Sin embargo, algo en el aire se sentía diferente aquella noche, como si las paredes mismas del Jewel Theatre susurraran secretos oscuros.

Faltaban cinco minutos para subir al escenario cuando Jacobo decidió tomarse un momento para respirar profundamente. Salió al callejón detrás del teatro, buscando un espacio de soledad antes de enfrentarse a las luces. Fue entonces cuando escuchó un ruido sordo detrás de él. Giró la cabeza, pero no vio a nadie. El callejón estaba desierto, apenas iluminado por una lámpara parpadeante. El sudor, que había sido una presencia constante durante todo el día, se sintió más frío sobre su piel. Había algo en esa quietud que no encajaba, pero Jacobo lo ignoró, volviendo al teatro para los últimos minutos previos a su presentación.

Sin embargo, el gran evento nunca ocurrió.

Horas después, encontraron a Jacobo en el escenario, sin vida. El teatro, ahora testigo de una tragedia, quedó en silencio. Las preguntas abundaban, pero las respuestas eran escasas.

¿Quién pudo haber asesinado a Jacobo? Algunos señalaron a Rita, su antigua amiga, quien había estado muy insistente en que se presentara en ese lugar, a pesar de sus propias dudas. Otros mencionaron a la señora del avión, quien había compartido con él una historia de desilusión y derrota. Tal vez fue su esposo, celoso de que alguien más escuchara los sueños que él había fallado en apoyar. Luego estaba el botánico que había asistido al show aquella noche; su mirada fija durante la rutina sobre las plantas había sido perturbadora, como si tomara todo aquello como una ofensa personal.

Cada pista añadía un nuevo matiz de misterio. ¿Era acaso un crimen pasional, un ajuste de cuentas profesional, o simplemente la consecuencia de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado? Nadie lo sabía con certeza.

Lo que sí quedaba claro era que, al igual que en la vida de las plantas, algo había enraizado profundamente en la vida de Jacobo, algo que finalmente floreció esa fatídica noche en forma de tragedia.

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