
Ya me acostumbré a contarles historias, solamente que de vez en cuando me pregunto: ¿Será que todo lo que escribo alguna vez ocurrió?, tal vez no en nuestra realidad, tal vez no en nuestro tiempo, pero quien sabe tal vez, solo tal vez, yo les cuentos pedazos de lo que me acuerdo.
Los pájaros anunciaban la llegada del sol y la salida de luna. En la copa de una secoya venían de dejar una pequeña canasta. Un mapache, que usaba mochila y que medía casi 2 metros de altura, la había dejado ahí y se había retirado sigilosamente sin decir adiós. Entre los árboles, el mapache esquivaba los ojos curiosos y volteaba a ver hacia atrás de vez en cuando hasta que finalmente desapareció entre unos arbustos.
La canasta, hecha de cedro, venía adornada de una tarjeta color rosa que decía: «Elena, el futuro del mundo está en tus manos. Paciencia que pronto nos vamos a encontrar de nuevo.»
Después de haber visto al mapache escapar de ahí, ninguno de los animales del bosque se atrevía a acercarse a la canasta:
1. Porque la canasta estaba en la copa de una secoya.
2. La mayoría de animales, excluyendo a las aves, tienen vértigo.
3. Ninguno quería arriesgarse por una canasta.
Pasaron los días, la canasta se mecía de izquierda a derecha con los fuertes vientos que atacaban la copa del árbol. Los animales del bosque esperaban ver algo salir de la canasta pero nada ocurría.
Sin embargo, un día mientras el cielo lloraba a mares, la canasta se tambaleo tanto que se cayó de la copa.
Todo apuntaba que sería un desastre, pero por suerte la canasta termino quedándose atorada en una rama. Todo estaba en silencio hasta que se comenzó a escuchar un ruido, desde la canasta parecían salir llantos humanos.
La selva comenzó a preocuparse porque los llantos no se detenían, pero aun así ningún animal se acercaba a la canasta. La canasta ahora ya mucho más cerca del suelo era el foco central de todos los días en el bosque. El ruido del lloriqueo era tan fuerte que habían animales bebés que lloraban con la canasta como acto de solidaridad.
Parecía que el misterio de la canasta abandonada nunca sería resuelto. Hasta que un día, apareció un oso enfrente del tronco del árbol.
No era un oso cualquiera, tenía un uniforme color marrón y era color blanco como la nieve. El oso con cuidado escaló el árbol y bajo la canasta. Al abrirla descubrió una niña con rizos de oro y un gafete que decía Elena.
El oso, que hablaba humano, trató de comunicarse con La Niña. La pequeña asustada, obviamente, por un oso que hablaba, salió corriendo por el bosque.
El oso corriendo en dos patas la persiguió hasta que la atrapó y la detuvo:
-No me comas por favor, dijo La Niña casi a llanto.
-Oye, tranquila, tranquila, ya no puedo correr como antes y algo me dice que no eres de aquí….
-No como humanos, son muy pesados para mi estómago, bueno y tú no me llenarías sería más como un tentempié…
La Niña extrañada comenzó a analizar a su peludo salvador.
El oso se presentó, su nombre era Balí. Elena comenzó a revisar su alrededor como si estuviera conociendo el bosque por primera vez.
Este le explicó que nunca había visto a un humano desde la gran pandemia. Elena, extrañada no entendía que estaba pasando, le explicó a Balí que no sabía donde se encontraba y que lo último que se acuerda es haberse ido a dormir. Elena rompió en lagrimas y se sentó en el suelo.
Balí le pidió a Elena que pensará de donde había venido y que si tenía alguna idea de porque alguien la había abandonado en una canasta en la copa de una secoya.
Elena extrañada le dijo que no se acordaba…
Cuando Elena le preguntó al oso que como era que él podía hablar este simplemente sonrío y le dijo que lo que Elena necesitaba era algo de comer.
Balí cogió una bolsa de cuero, que tenía atada a su cadera, y de ella sacó 4 pelotas verdes que parecían aguacates, pero sin cáscara. El oso le ofreció la comida a La Niña.
En el momento que Elena mordió la primera pelota entró en un trance.
Comenzó lentamente a cerrar sus ojos y cuando los abrió de nuevo, ya no era una niña con rizos dorados, era una joven que tendría unos 25 años. Elena estaba sentada en el borde de su ventana, sus ojos grandes y viendo hacia el cielo.
Después de un gran suspiro dijo en voz alta:
-Cuando todo esto termine, tal vez pueda regresar un día ahí y quedarme un rato más.

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