El mago que ya no veía la magia

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Me encuentro en un café de nuevo. Decidimos sentarnos en la terraza, pedí un café negro sin azúcar. Estaba ahí para ocuparme, para estar haciendo algo más, pero el sonido de calle resultó en una cacofonía que despertó memorias. Memorias que se volvieron aún más vivas, mientras bebía de la taza de cerámica azul-índigo y me transportaba al pasado, a un café de olla combinado con escorpiones en un Mercado de Coyoacán. 

Siempre he creído en la magia, no es que creo que algún día recibiré esa carta que me invite a Hogwarts, pero sí creo en la magia y en el amor. Mientras me tomaba el café me sentía en un trance, que tras inicialmente rechazar, lo deje fluir, apoderarse de mí para volver a escribir.

Hace unos 25 años, el pequeño Osno descubrió la magia cuando un día se acercó por su ventana y vio a los lejos en una plazuela, a un mago repartiendo magia de izquierda a derecha y generando lo más noble del mundo, sonrisas. Saber qué carta era, el pollito, el conejo, la moneda, todos los clásicos estaban en su repertorio y los hacía realidad desde el primer suplicio de los niños.

Osno decidió que él quería hacer eso, él quería darle sonrisas a las personas, pero había un problema que Osno no entendía por qué el mago no sonreía. 

Cuando el pequeño Osno le preguntó, le dijo una pequeña mentira, le dijo al joven que él no sonreía porque hacer magia no lo llenaba ni de dinero, ni de comida, su pequeño corazón sí crecía con cada sonrisa, pero su estómago y su hambre empeoraban. Osno entendió que lo que el mago buscaba era ganarse la vida y le ofreció al mago el sandwich que su mamá le había empacado ese día. El mago lo rechazó. Le dijo a Osno que si el joven algún día entendía la magia, le pasaría lo mismo que a él… Que ya no vería magia, solo mentiras disfrazadas para ser bonitas. El mago quería evitar que el joven fuera herido sin entender que a veces son esos viajes los que nos hacen disfrutar la vida a pesar de cómo terminan. 

Osno regresó a la plazuela el siguiente día con un pedazo de la lasaña de su madre, pero el mago ya no estaba. Cuando preguntó por él, un anciano le dijo que había regresado a Oykotuk, una ciudad en el fin del mundo. 

Osno decidió que tenía que llegar a Oykotuk. En su camino hacia la ciudad y la magia, Osno pensó muchas veces en regresar a casa, pero una voz en su mente le pedía que no se rindiera. Al llegar al fin del mundo, Osno preguntó por direcciones, pero todo el mundo se reía de él. 

Osno quería creer que él era la persona más organizada, por eso su viaje había sido sin percances, el bus que lo había sacado de su ciudad llegó a tiempo, el viaje en el barco había sido una agradable sorpresa, pero sabía que una vez en el lugar tendría que confiar en él mismo y las personas que se encontraban en el camino.

Después de pasar horas buscando algo que lo guiará… Un mapa, una tienda, algún kiosco de información… Algo, Osno se había dado por vencido, pero cuando volvía al puerto para tomar el barco de regreso, Osno se fijó que había un bar al cual, él no había entrado. 

Osno se acercó a un bar porque estaba sediento, pero cuando quiso pedir algo de tomar se dio cuenta de que no nadie estaba bebiendo agua, limonada o té. Los clientes del bar bebían un líquido viscoso color negro. Osno para no hacer a enojar a nadie decidió probarlo y para su sorpresa la bebida tenía un sabor como a miel quemada. Mientras se bebía su trago, Osno se fijó que el bartender, no tenía manos humanas, sino que manos con escamas. Y no eso no era todo, Osno se fue fijando en otras anormalidades: a la par de él había miles de hormigas tomando té, al final de la barra había un pulpo sumergido en cerveza y miles de otros monstruos y animales comenzaron a revelarse ante él como si el líquido viscoso era la clave para entender la magia.  Cuando Osno le quiso preguntar el bartender con una cabeza le hizo señal que había alguien esperándolo detrás de la barra.

Detrás de la barra, había una pequeña puerta color morada cuya perilla era de mármol. Osno abrió y lo que encontró al otro lado era aún más diferente que todo lo había visto dentro de esa ciudad. 

Osno se encontraba dentro de un bosque, dentro de la ciudad, dentro de un bar… El bosque tenía una mezcla de árboles y plantas que lo volvía imposible de descifrar de donde era o porque estaba ahí. Osno siguió su camino, un pequeño sendero color amarillo, hasta llegar a choza donde se encontraba un druida llamado Kael. Kael no era un druida cualquiera, pues había nacido mitad humano y mitad gato. Su pelaje era tan negro como el cielo nocturno, y sus ojos brillaban como dos esmeraldas resplandecientes. Kael estaba dotado del poder de la magia, Osno lo sabía, pero no lo podía explicar.

El Gato tenía siempre con él un pincel que parecía más una varita y lo utilizaba para crear hermosas pinturas que capturaban la esencia del bosque.

Kael pasaba la mayor parte del día vagando por el bosque, buscando inspiración para sus obras. Se sentaba junto al murmullo de los arroyos, observaba la vida salvaje y estudiaba los patrones de las hojas. Luego regresaba a su humilde hogar, una pequeña cabaña enclavada en un claro, y generaba sus obras maestras.

La magia de Kael estaba impregnada en cada pincelada. Sus pinturas no solo eran hermosas, sino que estaban llenas de magia. Parecían respirar y moverse por sí solas y, a veces, las criaturas representadas en sus cuadros incluso cobraban vida y deambulaban por su cabaña y salían al bar a tomarse un trago o pasar un rato.

Cuando Osno tropezó con la cabaña de Kael, Osno solo buscaba un refugio para pasar la noche. Kael acogió al viajero en su casa y le mostró sus pinturas. El viajero quedó maravillado por la magia que irradiaba cada cuadro, y le rogó a Kael que le enseñara el arte de pintar con magia.

Kael accedió a enseñar a Osno, pero le advirtió que era una habilidad difícil de dominar, Osno decidido a aprender, permaneció con Kael durante meses, practicando y estudiando bajo su guía. Finalmente, Osno fue capaz de crear pinturas impregnadas de magia, como las de Kael.

Pero cuando Osno le preguntó a Kael que como funcionaba dicha magia, este simplemente le sonrió y le dijo que él no sabía. Hace unos años un maestro suyo le había dicho que la magia era amor, luego Kael se dio cuenta de que el amor se termina como todo lo demás, pero que a pesar de ellos seguimos y volvemos a comenzar.

 Kael le explicó a Osno que lo que él había aprendido ahí ese día Osno ya lo conocía, pero simplemente no lo podía ver. Kael le dijo que él había amado a su maestro, pero que un día en la mesa donde él trabajaba se encontraba una carta que decía lo siguiente: 

“Si hubo alguien que alguna vez pasó por esta vida con su corazón todavía intacto, no lo hicieron bien. La última vez que hice magia, me dije, no lo hicimos bien, pero, hicimos lo mejor que pudimos y lo volveremos a hacer avanzando en el tiempo y tomando más de todo lo que termina.”

Kael entendió que un día él pararía de amar, por eso pintaba para que el amor que él sentía por su maestro, por el bosque, por la vida, siempre estuviera vivo en esas pinturas. Así como su maestro, sin hacerlo conscientemente, compartía su magia con la gente, compartía su amor y su alegría a pesar de que estos se estuviesen apagando dentro de él. 

Me terminé mi café y agradecí ese momento, ese viaje, esos recuerdos y esas historias que me seguirán acompañando y que seguiré repartiendo en el camino.

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